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Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH)

¿QUÉ ES EL TDAH?

El Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) es un trastorno del neurodesarrollo que afecta aproximadamente al 5% de los niños y adolescentes y aproximadamente al 3% de adultos.
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Este trastorno supone un elevado coste social y personal, debido fundamentalmente a los problemas de conducta, las dificultades de rendimiento académico y laboral, y otros trastornos asociados, como ansiedad y depresión.

Los factores que originan el TDAH son hoy en día aún inciertos, pero sí sabemos que un trastorno tan complejo y variado no se debe a una causa única, sino a una serie de condiciones genéticas y ambientales que se combinan.

Se estima que alrededor del 76% de su origen se debe a factores genéticos. Así, resulta muy probable que una persona con TDAH tenga antecedentes familiares con esta misma condición.

Dentro de las condiciones ambientales destaca el nacimiento prematuro, o la exposición durante el embarazo a sustancias tóxicas (por consumo recreativo o de forma accidental), entre otras.

Las consecuencias son lo que convierte esta condición de “Déficit de Atención con Hiperactividad” en un trastorno, puesto que alteran el funcionamiento cotidiano de una manera significativa, y nos alertan de la existencia de un problema en el día a día de la persona.

En el caso de los niños muy frecuentemente encontramos un bajo rendimiento académico, problemas de conducta y/o una mala adaptación social, puesto que prestar atención e inhibir los impulsos son condiciones necesarias para desenvolverse en el ámbito académico, social o familiar.

Además, padecer estas dificultades de manera sostenida en el tiempo implica un alto riesgo de padecer problemas emocionales como resultado de experimentar frustraciones con tanta frecuencia y en diferentes contextos.

Puesto que el TDAH no tiene en la actualidad un marcador biológico o una prueba neuropsicológica que determine su existencia, su diagnóstico es clínico, es decir, que los profesionales expertos en salud mental debemos inferirlo en base a su sintomatología.

Por lo tanto resulta imprescindible que dicha sintomatología sea evaluada y analizada por un profesional con conocimientos específicos sobre el trastorno.

En nuestro centro se realiza lo que llamamos una “Evaluación Integral” del caso, que comprende diferentes entrevistas, pruebas psicométricas y cuestionarios estandarizados al paciente, y en el caso de ser menor, también a sus padres y profesores, realizadas por el equipo de psicólogos, y una entrevista para obtener el diagnóstico definitivo por parte de nuestro psiquiatra.

Además, en nuestro centro, contamos con las pruebas de evaluación más avanzadas, como son las pruebas Aula y Aquarium de Nesplora, en las que se emplea la realidad virtual, que nos aportan información específica sobre las particularidades de cada paciente (calidad atencional, atención sostenida, tendencia a la distracción, impulsividad, hiperkinesia, etc.), lo que a su vez nos permite mejorar la eficacia de nuestros tratamientos.

Primeramente, conviene aclarar que no todos los pacientes con TDAH presentan todos los síntomas característicos, existiendo varios subtipos según cúal de ellos predomine.
Así, los síntomas principales del TDAH son:

-Hiperactividad: exceso de actividad motora, es decir inquietud más allá de la normal en la infancia. Les cuesta estar sentados, están permanentemente en actividad, como impulsados por un motor que no para nunca.

-Impulsividad: falta de reflexión sobre los actos propios, por lo que se precipitan a la hora de actuar, con importantes repercusiones negativas para ellos y también para los demás. Se da una clásica impaciencia y problemas causados por las respuestas precipitadas y en ocasiones exageradas a las mínimas situaciones conflictivas.

-Déficit de atención: claras dificultades para centrarse en cualquier actividad que requiera de esfuerzo intelectual (descartar TV o videojuegos como vara de medir, ya que suponen una estimulación artificial que condiciona un rendimiento aparentemente mejor), desde la tareas escolares al estudio, como también el escuchar el discurso de los demás. También se advierten dificultades en la organización, y frecuentes despistes, olvidos y pequeños accidentes. Todo ello redunda en poca capacidad de trabajo o en que este sea poco eficiente, y en distracciones frecuentes a estímulos débiles (el típico ”se distrae con una mosca”).

Aunque se trata de una condición biológica que les acompaña desde el nacimiento, estos síntomas suelen empezar a convertirse en un trastorno cuando interfieren en el funcionamiento cotidiano de la persona, y esto habitualmente ocurre al inicio de la escolaridad.

Sin embargo, existen muchos casos que se identifican mucho más tarde bien porque pertenezcan al escaso 10% de los casos que sólo padecen la sintomatología impulsiva (y no se mueven tanto ni tienen dificultades para prestar atención), bien porque sean del mucho más frecuente subtipo inatento (son niños menos molestos puesto que son más bien tranquilos, lentos en sus actividades cotidianas, pero con problemas atencionales) o también porque el resto de sus características personales o ambientales les hayan permitido pasar inadvertidos, compensando sus déficits con otras virtudes, como puede ser la inteligencia o un contexto muy permisivo.

En esta etapa, puede que la mayor afectación venga del efecto “bola de nieve” que sucede cuando, por ejemplo, en menor no apunta los deberes en la agenda o siempre está hablando durante las explicaciones del profesor, y al llegar a casa, sigue recibiendo críticas, recriminaciones y castigos por su conducta en clase.

Este es el típico caso en el que adolescente llega a nuestra consulta con problemas académicos y familiares, mal autoconcepto, baja autoestima y varios problemas emocionales derivados de todo lo anterior.

El “Déficit de Atención con Hiperactividad” es una condición crónica, es decir, para toda la vida, aunque dependiendo de las características del ambiente donde se desenvuelve y la edad del paciente, presentará unos síntomas u otros, y en distinto grado, lo que supondrá o no que sea considerado un “trastorno” para la persona.

De hecho, en torno al 50% de los pacientes con TDAH en la infancia, no presentará trastorno en la edad adulta, aunque las secuelas producidas por el fracaso escolar o los problemas conductuales sí pueden persistir y convertirse en la auténtica alteración en la calidad de vida de la persona. Asimismo, si el adulto con TDAH recibió un tratamiento completo y eficaz durante su infancia y/o adolescencia, estas secuelas pueden llegar a ser mínimas durante la edad adulta.

El otro 50% de las personas con TDAH lo seguirán padeciendo durante la vida adulta. Pero en esta edad la afectación se dirige a lo laboral y a las relaciones sociales y familiares, padeciendo con una mayor frecuencia también de ansiedad, depresión y adicciones entre otros problemas.

TRATAMIENTO

Este área de la intervención va encaminada principalmente a prevenir y resolver los problemas emocionales derivados de padecer la sintomatología propia del TDAH. Es decir, mejorar la autoestima, minimizar los síntomas de ansiedad o depresión, mejorar las relaciones personales y laborales, etc.

Al mismo tiempo, es habitual, especialmente en el tratamiento de niños y adolescentes, trabajar con sus familias y profesores para que comprendan el trastorno y empleen estrategias que le ayuden, tanto a la generalización de los aprendizajes realizados en consulta como a minimizar el impacto de sus problemas tanto en sus relaciones sociales como en su autoestima y autoconcepto.

Con el entrenamiento sistemático de habilidades atencionales, de autocontrol y reflexividad y el aprendizaje de estrategias cognitivas y conductuales de habilidades sociales y emocionales logramos grandes mejoras en la sintomatología propia del trastorno.

Así mismo, si esta sintomatología ha producido retrasos en los aprendizajes de la lectoescritura, en el caso de los menores por ejemplo, o de gestión del tiempo y las tareas, en el caso de los adultos, se trabajará para la reeducación en estas áreas afectadas.

El tratamiento farmacológico, que se inicia en casos moderados o graves. También se utiliza cuando otras modalidades de tratamiento no sean efectivas o no puedan llevarse a cabo por diversos motivos.

En cualquier caso, siempre es recomendable que forme parte de un abordaje multimodal del problema, cuidando la orientación a los padres, al centro escolar y al propio paciente.

Se disponen de varios fármacos con indicación para el TDAH. Normalmente, se diferencian entre fármacos estimulantes (acción inmediata sobre neurotransmisores cerebrales) y no estimulantes (acción diferida sobre neurotransmisores).

Si bien tienen perfiles y características diferentes, que los hacen más apropiados para unos pacientes u otros, todos ellos persiguen corregir los síntomas típicos antes descritos y lo suelen hacer con una alta tasa de éxito, aunque habitualmente suelen requerir ajustes y seguimiento.

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